Skip to content

fakeplasticshare

tillögur að löglega afla

Category Archives: Fennesz


Since first emerging as the lead singer of 1980s synth pop group Japan, singer/multi-instrumentalist David Sylvian has turned, in many ways most surprisingly, into one of pop music’s most intrepid explorers. As early as his first solo album, the crooner with a distinctive and intentioned vibrato has been connected with the experimental and jazz scenes, continue→

with trumpeters Jon Hassell, Mark Isham and Kenny Wheeler appearing on Brilliant Trees (Virgin, 1986). Since then he’s collaborated with guitarists Robert Fripp, David Torn, Marc Ribot and Bill Frisell and keyboardists John Taylor, Ryuchi Sakamoto and Holger Czukay on albums that range, stylistically, from ambient pop to near-progressive rock. He’s also been involved in multimedia works, including the aptly titled Approaching Silence (Venture, 1999) and, more recently, Naoshima (Samadhisound, 2007) which, along with the collaborative Nine Horses group and its debut, Snow Bound Sorrow (Samadhisound ,2005), reflected a growing interest in all things Norwegian and artists including trumpeter Arve Henriksen, and samplers/remixers Jan Bang and Erik Honoré.

Free improvisation and its nexus with more structured composition have always been of interest to Sylvian; even on his last ostensibly pop production, Dead Bees on a Cake (Virgin, 1999), the singer combined his sometimes oblique but visually arresting lyrics with Frisell’s dobro improvisations. With Blemish (Samadhisound, 2003), he took the concept a giant leap forward on a largely solo album, but one where, on four of its eight tracks, late free music guitar pioneer Derek Bailey and guitarist/laptop specialist Christian Fennesz provided Sylvian with improvisations, providing contexts around which he built his austere songs. An album of remixes, The Good Son vs The Only Daughter (Samadhisound, 2004), further demonstrated just how far these sparely constructed compositional ideas could be taken in the hands of creative remixers/recomposers.

Manafon takes the creative process even further, with Sylvian taking a series of free improvisations, performed by a cherry-picked collective of international improvisers, as the starting point, and shaping his words and loosely structured music around them. Other than adding some acoustic guitar and keyboard himself, as well as some sparely overdubbed piano by John Tilbury on six tracks, these spontaneous soundscapes have been enhanced in post-production, but the improvisations themselves remain intact and unreconstructed—as they were, in the moment.

It’s a dark album of stunning beauty; oblique, to be sure, but one that reveals Sylvian to be a continually growing artist whose interests are pure, and now completely distanced from the industry concerns that were an unavoidable part of working with the major labels for the first part of his career. Not that his earlier albums weren’t creative or, the assumption has to be, exactly where he was at the time; but unencumbered by outside impositions (even Nine Horses—a pop group to be sure—felt completely honest, a reflection of what the artists wanted without any undue intervention, direct or suggested), with his own Samadhisound label, Sylvian has turned from artful, post-pop crooner to an innovator of the first order.

Even the choice of Sylvian’s collective reflects a breadth of concern that transcends earlier collaborations: from England, Tilbury, AMM co-founder, guitarist Keith Rowe, saxophonist Evan Parker and cellist Marcio Mattos; from Austria, guitarist/laptop player Christian Fennesz, trumpeter Franz Hautzinger, guitarist Burkhard Stengl, bassist Werner Dafeldecker and cellist Mario Mattos; from Japan, no input mixer Toshimaru Nakamura, turntablist Otomo Yoshihide, sine wave artist Sachiko M. and guitarist Tetuzi Akiyama; from the US, live signal processor Joel Ryan. On these nine songs—eight songs with lyrics, one instrumental—a baker’s dozen players come together in various permutations and combinations, from trio to septet, and in many cases represent first encounters. The result is a compelling album of real songs—abstract, to be sure, not of conventional AABA form—that may provide an entry point for those who find the concept of free music unapproachable, by demonstrating that such unfettered improvisation needn’t (and shouldn’t) mean aimless meandering. John Kelman

Desde su surgimiento como frontman del grupo synth-pop Japan en los 80s, el cantante y multi-instrumentista David Sylvian se ha convertido sorprendentemente en uno de los más intrépidos exploradores de la música pop. Ya en su primer álbum solista, el cantante con un vibrato característico y buenas intenciones se ha conectado con la escena de jazz experimental, con los trompetistas Jon Hassell, Mark Isham and Kenny Wheeler en Brilliant Trees. Desde entonces ha colaborado con los guitarristas Robert Fripp, David Torn, Marc Ribot y Bill Frisell y los tecladistas John Taylor, Ryuchi Sakamoto & Holger Czukay* en álbumes que van desde el ambient pop al (casi)rock progresivo. También ha participado en obras multimedia, incluyendo el apropiadamente titulado Approaching Silence, y más recientemente Naoshima, que junto con la colaboración de Nine Horses y su debut, Snow Bound Sorrow , reflejan un interés creciente en todas las cosas de Noruega y artistas como el trompetista Arve Henriksen, y samplers/remixers como Jan Bang y Erik Honoré.

La improvisación libre y su nexo con lo más estructurado han sido siempre de interés para Sylvian, incluso en su última producción ostensiblemente pop, Dead Bees on a Cake, el cantante combina sus letras a veces oblicuas pero visualmente notables, con improvisaciones de dobro por Bill Frisell. Con Blemish, toma el concepto con un paso gigante en un álbum solitario en gran parte, pero en el que en cuatro de sus ocho pistas da libertad a Derek Baily (avant-garde guitarist) y Christian Fennesz (guitarist/laptop specialist) proveen improvisaciones a Sylvian, proporcionando contextos en torno al cual construye sus austeras canciones. Un álbum de remixes, The Good Son vs The Only Daughter, demostró además hasta qué punto estas ideas frugales podrían ser tomadas por manos de creativos remixers/recomposers.

Manafon lleva el proceso creativo más allá, con Sylvian tomando como punto de partida una serie de improvisaciones libres, realizadas por un colectivo internacional de improvisadores, y alrededor de ello da forma a sus palabras y desestructurada música. Aparte de añadir alguna guitarra acústica y teclados, así como algunos pianos sobremezclados por John Tilbury, estos sonidos espontáneos se han mejorado en post-producción, pero las improvisaciones se mantienen intactas y no reconstruidas como en su momento lo fueron.

Es un disco oscuro de una belleza deslumbrante, oblicua sin duda, pero que revela a Sylvian como un artista en constante crecimiento, cuyos intereses son puros, y ahora completamente alejado de las preocupaciones de la industria, que en gran parte eran inevitables para trabajar con las discográficas más importantes en la primera parte de su carrera. No es que sus discos anteriores no eran creativos o, la
presunción tiene que ser, exactamente donde estaba en ese momento, pero sin el estorbo de las imposiciones externas (incluso Nine Horses, por supuesto un grupo pop, se siente absolutamente honesto, un reflejo de lo que harían sin ningún tipo de intervención indebida, directa o sugerida), con su sello propio Samadhisound, David Sylvian ha pasado de ser un ingenioso cantante post-pop, a un innovador de primer orden.

Incluso la elección de los colectivos de Sylvian refleja la amplitud de la preocupación que trasciende las anteriores colaboraciones: desde Inglaterra / Austria, hasta Japón / EE.UU. En estas nueve canciones —ocho con letra, y un instrumental- una docena de artistas se unen en diversas permutaciones y combinaciones, desde el trío al septeto, y en muchos casos, representan primeros acercamientos. El resultado es un álbum de canciones convincentes de naturaleza abstracta, sin duda, no de la convencional forma AABA que pueden proporcionar un punto de entrada para aquellos que encuentran el concepto de inaccesible free music, demostrando que la improvisación libre no tiene por qué significar un deambular sin propósito. John Kelman

buffer….

Anuncios



Música folk de una generación criada por PowerBooks.

‘Venice’ es el cuarto LP de Fennesz, y el más fascinante hasta la fecha. Casarse con los difusos contornos de My Bloody Valentine y Cocteau Twins con helados flujos y reflujos, Fennesz es a la vez fácil para los oídos, pero reverbera corrosivamente dentro de ellos. Una bruma sumamente introspectiva de fuzz, drones y beats, flotando en su propio espacio interior, musicalizando la salida del sol hasta su punto más alto, o su aletargada caída. Muchos otros también lo hacen con fineza, sin embargo pocas hebras de guitarra atraviesan la CPU como lo hace Fennesz.

Comprueba el precipitado ambiente de ‘City Of Light’ o los arrojos de white-noise-pop de “Chateau Rouge” para momentos de belleza. Busque el, (Kevin) Shields-esque de ‘Circassian’ o ‘The Stone Of Impermanence’, para los coqueteos con la oscuridad. O sea realmente atemorizado por la presencia vocal de David Sylvian, cuyo extraño murmullo gotea por la inquietante «Transit». Fennesz aquí en gran parte muestra cómo el elocuente sonido de lo no-hablado puede llegar a ser. ‘Venice’: digital folk music, diseñado por un corazón humano, para gente como tú y yo.

foreigners read it here

Folk music for a generation reared on powerbooks, ‘Venice’ is Christian Fennesz’s 4th, and most spellbinding LP to date. Marrying those blurred lines of My Bloody Valentine and Cocteau Twins to frosty ebbs and flows, Fennesz is at once easy on the ears, but simultaneously reverberates with inner corruption. His is a hugely introspective haze of fuzz, drones and beats; drifting in its own inner-space, soundtracking the sun rising to its peak, or its later fall into slumber. Many others also do it finely, yet few thread guitars through cpu’s quite like Fennesz. Check those ambient rushes of ‘City Of Light’ or the spewed white-noise pop of ‘Chateau Rouge’, for his moments of beauty. Seek the Kevin Shields-esque mists of ‘Circassian’ or ‘The Stone Of Impermanence’, for Fennesz’s dalliances with darkness. Or be genuinely spooked by the rare vocal presence of David Sylvian, whose weird warble drops by for the haunting ‘Transit’. Fennesz here largely displays how eloquent the sound of the unspoken can be. ‘Venice’ is digital folk music, designed by the human heart, for the likes of you and me.

writen by Ian Fletcher

buffer….



En 1944 el crítico de arte Clement Greenberg escribía:

“Sin embargo, me parece – y la conclusión es obligada por observación, no por preferencia – que el arte pictórico más ambicioso y eficaz de estos tiempos es abstracto o va en esa dirección “.

En el IDM (Intelligent Dance Music) esto también parece ser verdad. Si bien no podemos descartar sólidos esfuerzos de varios artistas que siguen del lado melódico y más pop del género, el trabajo más ambicioso va en ese camino. “Plus Forty Seven Degrees 56′ 37″ Minus Sixteen Degrees 51′ 08”, es de los álbumes más abstractos y de difícil fonética del año 2000. Lavas de sonido digital envuelven al oyente en cada pista, donde Fennesz parecía hacer caso omiso a su guitarra en favor de la capacidad generadora de sonido de su laptop. En algunas pistas, pudo haber sido utilizada alguna, pero uno nunca podrá estar seguro, ya que cada parte fué cortada y manipulada hasta desconocer de su pasado. Mientras que el disco era muy difícil de pasar, era en última instancia, fascinante y esclarecedor.

En este álbum editado por el sello experimental Mego, el arte de tapa es la primera pista a los sutiles cambios en el sonido de Fennesz. Un homenaje evidente a los Beach Boys, desde el título a la portada. Cuando nos enfrentamos al disco, el oyente se golpea por primera vez con su forma melódica. Por supuesto, melódico en el sentido de un compositor Vienés de vanguardia que distorsiona digitalmente cada pequeña pieza de información incluída en sus composiciones. Una vez que el tema melódico ha sido concretado durante sus canciones, el oyente sólo puede concentrarse en el dominio digital que Fennesz ha creado.

En la pista que intitula el álbum, la línea de guitarra se ejecuta a lo largo de los ocho minutos de duración, por debajo de un brilloso sonido procesado y otra línea de sintetizador melódico que surge de las oscuras profundidades de los ruidos circundantes a fines de cristalizar la canción en los segundos finales. Del mismo modo, en “Caecilia”, notas de marimba flotan dentro y fuera de la distorsión borrosa de una manera que contrasta con cierto anhelo, seguido por una estructura de acordes simples de guitarra que refuerzan el sentimiento evocado en la sección de las campanas. Aunque todas las canciones son dignas de mención, “Before I Leave” se encuentra junto a los dos anteriores como lo más destacado del álbum. “Before I Leave”, utiliza una simple repetición de efectos a fines de hipnotizar los cuatro minutos de duración, pero en repetidas escuchas tiene una complejidad sorprendente. Una melodía aparece debajo de la superficie – casi imperceptible al oyente y en contrapunto a la simple melodía que utiliza.

La única queja que puedes encontrar en este disco es el orden de las pistas. Si tuviera la oportunidad me gustaría cambiarla un poco para un mejor flujo de una vía a otra. En general, el álbum parece romper las canciones que usa con las mismas técnicas de manipulación digital para que se oiga mejor unas contra otras.

La cualidad abstracta del disco será el último desvío a la mayoría de los oyentes. Debido a su reputación de ruidoso artista experimental, Fennesz, no tendrá la base de fans que es alcanzable por la mayoría de los actos electrónicos e incluso la mayoría de los actos de IDM. Es lamentable porque Fennesz, una vez más, elabora un disco de una belleza resplandeciente que exige ser escuchado con toda su concentración. Una demanda que sólo el arte más importante puede hacer. Una demanda que sólo el arte más efectivo y ambicios puede hacer. Una petición que Fennesz crea con este trabajo. ”

Uno de los mejores, sino el mejor trabajo ambiental nunca antes hecho. Enciendelo, sintoniza, abandonas? Sí, por favor.

Read the Original Here

“In 1944 art critic Clement Greenberg wrote, “Yet it seems to me – and the conclusion is forced by observation not by preference – that the most ambitious and effective pictorial art of these times is abstract or goes in that direction.” In the IDM genre of music, this also seems to be the truth. While you can’t discount solid efforts from various artists that follow the melodic, poppier side of IDM, the truly most ambitious and effective work that is being produced is more abstract. On Fennesz’s Plus Forty Seven Degrees 56′ 37″ Minus Sixteen Degrees 51′ 08,” Christian Fennesz, a guitarist based out of Vienna, released one of the most abstract and aurally challenging albums of the year 2000 on January 4th of that year. Digital washes of sound enveloped the listener on each track, as Fennesz seemed to disregard his guitar in favor of his laptop and its sound generative abilities. On some tracks it seemed as though the guitar might have been used, but one could never be sure, as each part was cut up and manipulated past recognition. While the CD was extremely challenging to get through, as most noise and abstract releases admittedly are, it was ultimately fascinating and illuminating.

On this CD, released by the experimental Mego label, the cover art is the first clue to the subtle changes in Fennesz’s sound. An obvious homage to the Beach Boys already in the title of the record, the cover art features beaches and rolling waves onto the shoreline of an unidentified coast. When confronted with this CD, the listener is first struck with how melodic it is. Of course, this is melodic in the sense that a Viennese avant garde composer who digitally distorts every tiny piece of information that is included in his compositions can be melodic. The melodic sense is indebted largely to a post rock sensibility of repeating phrases with little to no alteration whatsoever during the length of the song once the main theme has been presented. Once the melodic theme has been fleshed out during the song, the listener can only concentrate on the digital mastery that Fennesz has created. Only at key points do melodic phrases appear to the listener unscathed by digital processed bed of sound.

On “Endless Summer,” the title track of the album, the guitar line that runs throughout the length of the eight-minute song underneath a sheen of processed sound and another melodic synth line emerges from out of the murky depths of the surrounding noises at the end to crystallize the song in the dying seconds. Similarly, on “Caecilia” marimba notes float in and out of the hazy distortion in a manner that belies a certain yearning which is followed up by a simple guitar chord structure that reinforces the feeling evoked in the bell section. While all songs are worthy of mention, “Before I Leave” stands with the previous two as the highlights of the album. “Before I Leave” uses a simple repeating effect to hypnotic ends for its four-minute duration, but upon repeated listens has a startling complexity to its repetition. A melody appears underneath the surface – almost imperceptible, almost making the listener believe that they aren’t hearing it and making it up in counterpoint to the simple melody line that is used.

The only complaint that can be found with this album is the track order. If given the chance I would change it a small bit, to reflect a better flow from one track to the next. Overall the album seems to break up the songs that use the same techniques of digital manipulation which would be better heard against one another.

The abstract quality of this release is going to be the ultimate turn off to most listeners. Because of his reputation as a noise and experimental artist, Fennesz will not have the fan base that is attainable by most electronic acts and even most IDM acts. This is unfortunate because Fennesz has, once again, crafted an album of shimmering beauty that demands to be listened to with your full concentration. This is a demand that only important art can make. This is a demand that only the most ambitious and effective art can make. This is a demand that Fennesz creates in this work.”

One of the best, if not the very best ambient works ever. Turn on, tune in, drop out? Yes, please.

o en Zoltar

buff….